Venezuela

Alberth Martínez, poder tardío pero efectivo

Álvarez
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Alberth Martínez | Fotos: A. van Schermbeek

Carlos Valmore Rodríguez | Prensa LVBP Caracas.- El más prolífico jonronero y empujador del beisbol profesional venezolano en el último lustro era un joven esmirriado con escasas perspectivas cuando decidió ser pelotero. Por fortuna, un ángel de la guarda le dijo a aquel rechazado serial que siguiera tocando puertas hasta que alguna se abriera.

Alberth Martínez recorrió todo el país despellejando sus nudillos y, finalmente, alguien le entreabrió. Tardía, como todo en su vida deportiva, fue la descarga de alto voltaje que hizo de él un bateador temido en estos contornos.

Martínez sintió temprano la llamada del beisbol. Desde los cuatro años de nacido iba de campo en campo con su termito de agua, siempre de la mano de sus padres.  “Mi papá jugaba y yo lo acompañaba, él y mi mamá Iban para arriba y para abajo conmigo, siempre apoyándome. No se pelaban un juego mío. Y así sigue siendo”, mira hacia atrás el jardinero izquierdo de los Navegantes de Magallanes después de ensayar el swing con el cual ha sembrado 38 pelotas en las gradas y engendrado 152 carreras entre las campañas 2017-2018 y 2022-2023, más que cualquier otro dentro de la LVBP durante ese trayecto. 

Salir del cascarón no fue tan tierno.

Yorvis Misel, conocido preparador de peloteros en San Félix, estado Bolívar, almorzaba un mediodía donde sus padres cuando alguien se presentó sin invitación. “Yo estaba de visita, porque me había mudado a Barquisimeto”, recuerda Misel. “Mi mamá me informa que afuera me buscaban una señora y unos muchachos. Salí y era la madre de Alberth, con Alberth, y la mamá de otro chico, con el hijo. Se habían enterado de que yo trabajaba peloteros y querían una oportunidad para llevarlos a una academia. Esa tarde los cité a un campo llamado La Manga, famoso en San Félix porque ahí se formaron varios profesionales. Los evalué y me quedé con Alberth porque tenía mejores condiciones. Les advertí a sus padres que para desarrollarlo debía irse conmigo a Barquisimeto”.

El clan Bolívar 

Una red protectora guayanesa se tejió en torno a Martínez. El bolivarense Misel se llevó a su paisano Alberth a vivir en la casa de la mamá de otro guayanés: Robert Pérez, todavía estrella con Cardenales de Lara. “Viví como un año allá”, rememora Martínez sobre su relación de vieja data con su principal mentor y hoy en día coach de bateo del Magallanes.  

Hay jovencitos con talentos acentuados. Pero a los 17 años, Martínez era una sílaba átona. A esa edad, los verdaderos prospectos están dados, firmados y refrendados por las organizaciones de Grandes Ligas. El flaquito Alberth, en cambio, estaba lejos de ser un macizo guayanés. “Tenía cualidades, pero le faltaba mucho”, refiere Misel. “Había que arreglar su mecánica de bateo y de fildeo. Había que corregir su forma de correr, pues cubría las 60 yardas en 6,8 segundos. A su edad, y así como estaba, sin mostrar poder sobresaliente, no iba a llamar la atención de ningún scout. Empezamos a trabajar en el estadio Fortunato Orellana de Cabudare”.

Martínez pasó año y medio errante, de try en out, de chequeo en chequeo, sin que alguien se dignara a levantar la mano para preguntar por él. Por su mente pasó tirar la toalla. Todavía estaba a tiempo de proseguir sus estudios, interrumpidos en quinto año de bachillerato.  “Recuerdo una vez que fuimos a la academia de los Rays de Tampa en Guacara y no me firmaron. Pero Yorvis insistió en que siguiera”, apunta la proa de los Navegantes.

Misel tenía sus motivos para recomendarle perseverar. “No perdí la esperanza porque le veía la habilidad para jugar beisbol profesional y además trabajaba duro. Era incansable y quería comerse el mundo, aunque algunas veces tuve que ser rudo con él para endurecerlo, porque así es este negocio”, complementa el desarrollador.

Ningún equipo de las mayores le arrendaba la ganancia a Alberth Martínez. Solo uno le tuvo fe: los Padres de San Diego. Mas no fue una fe ciega. “Me vieron como cinco veces antes de firmarme”, hace memoria el outfielder de 31 años de edad.

“Alberth no le gustó al scout de área de los Padres en Lara”, cuenta Misel. “Entonces contacté a Antonio Alejos, quien era el rastreador de San Diego en Guayana. Yo me quedé en Barquisimeto y lo mandé para allá”.

Alejos ya tenía algunas referencias de Martínez porque lo había visto jugar en el equipo de beisbol menor Vista al Sol, en San Félix. Lo que lo atrajo de entrada de Alberth no fue su potencial para la pelota, sino su comportamiento. “Era serio y educado al hablar”, dice Alejos, quien además notó cualidades en aquel aspirante que ya casi cumplía 19 años de edad. “En el primer try out corrió las sesenta yardas en 6,7 segundos y en la evaluación del fildeo le puse 45 (en una escala de 20 a 80). En brazo le puse 50. Al verlo batear, percibí velocidad en el swing, con poder crudo hacia los callejones. Llamé a Yfraín Linares, mi supervisor, quien vino a verlo. Quedé impresionado con su ética de trabajo. Nunca mostraba cansancio”.

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Alberth Martínez debió esperar mucho más que los peloteros promedio para ser firmado

Linares, ex lanzador profesional, notó en Martínez un desarrollo tardío, pero desarrollo al fin. “Le gustan los retos, guerrear”, sostiene. “Era un bateador de líneas, con algunos problemas al enfrentar a lanzadores, pero siempre quería mejorar. No le veíamos mucha fuerza para sacar bolas y por eso tuvimos que convencer a Félix Feliz, nuestro jefe”.

Alejandro Alejos asegura que los clérigos pagaron diez mil dólares por Alberth Martínez. Según Yfraín Linares fueron 15 mil. Que ingresara al sistema era, de por sí, un logro. “Yo quería la oportunidad”, subraya el pelotero. En 2010. con 19 años, lo asignaron a la Dominican Summer League, donde era mayor que sus compañeros. En 2011 fue escalando hasta llegar a Triple A, donde era casi siete años menor con respecto al promedio etario del Tucson, la parroquia más próxima a la catedral de los Padres. 

Estando en Triple A recibió la llamada que marcaría su línea de tiempo. “Luis Blasini se comunicó conmigo para firmar con los Navegantes del Magallanes”, evoca Martínez.

“Cuando lo llevamos a los entrenamientos era un flaquito que jugaba en el outfield”, rebobina Blasini, gerente deportivo de los turcos. “Nos gustó su disposición y que le pegaba a la bola con fuerza”.

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Alberth Martínez emergió la nada y sacudió seis jonrones, mientras remolcaba 40, en la 2017-2018

Durante sus primeras cinco temporadas con La Nave, entre los torneos 2011-2012 y 2016-2017, Alberth Martínez fue un pelotero irrelevante. En ese tramo apenas tomó 120 turnos y bateó para .200, con un solitario cuadrangular. En la campaña 2017-2018 vino el quiebre. El mánager Omar Malavé (+) le empezó a asignar mayores responsabilidades y Martínez respondió al estímulo con seis vuelacercas y 40 producidas. Hasta entonces, casi ningún magallanero conocía a Martínez. Desde entonces, todos le prenden velas.

Frecuentar los gimnasios hizo la diferencia. Siguió el ejemplo de Robert Pérez, su paisano y referente. 

“Empecé a trabajar más mi cuerpo, que es la herramienta de uno”, explica Martínez. “Empecé a darle más duro con las pesas y agarré más fuerza. El trabajo, la dedicación, la disciplina, entrenarse todos los días, enfocarse en cada turno, en cada pitcheo. Eso fue lo que hice”.

También estaba en el momento y lugar indicados.

La 2017-2018 fue una temporada en la cual el Magallanes anduvo corto de jardineros. Endy Chávez, ya aproximándose al retiro, apenas participó en nueve compromisos. Daniel Palka, importado, solo disputó quince partidos antes de marcharse. El arubeño Jiandido Tromp resultó un fiasco. A Martínez le quedó la pista libre y galopó hasta la meta.

“Hubo bajas entre los outfielders y él tuvo mejores turnos”, asevera Luis Dorante, quien empezó aquel certamen como coach de banco del piloto Malavé y terminó de timonel al ser cesanteado el técnico sucrense. “Llegué a usarlo en el jardín central porque me faltaba profundidad allí y él ha sido buen outfield, con buen brazo. Faltaba que explotara su ofensiva, estalló, y por eso jugó tanto”.

“Alberth Martínez es el prototipo del pelotero de liga invernal”, acota Luis Blasini. “Es ese jugador que, como no es prospecto para las Grandes Ligas, está desde el primer día, conoce el circuito y se vuelve apetecible para su equipo porque no te lo van a limitar y porque tiene características idóneas para estar en el medio del lineup: batea con fuerza, además de correr bien y ofrecer sólida defensa”.

A Martínez le instalaron un motor ocho cilindros para el Grand Prix 2022-2023. Cerró los primeros 31 juegos del calendario magallanero con OPS de .953, que sería el más alto de su carrera en la LVBP y lo ubica sexto de la estadística en la temporada. Ahora hace más contacto, gestiona mejor los turnos y se embarca con menos pitcheos malos. Por eso su porcentaje de embasado está en .417, contra .331 a lo largo de sus diez campañas anteriores. Robert Pérez tiene la mano metida en eso.

“Hemos trabajado mucho en la práctica su reconocimiento de la zona de strike”, sostiene Pérez, flamante miembro del Salón de la Fama del Beisbol Venezolano. “A diferencia de mí, que le hacía swing a todo, él está trabajando más los conteos”.    

Martínez siempre le presta oídos a quien ha sido un faro para su carrera. “Me ha apoyado siempre, me dice qué debo hacer, siempre hablo con él”, insiste.  “Cuando jugaba, él hacía swing hasta por debajo de la tierra. A mí me dice que busque el pitcheo que yo quiero. Si voy a buscar recta, que sea en una zona que a mí me guste, no donde le guste al pitcher”.

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Martínez ha fraguado su éxito en la 2022-2023 desde la práctica, cuando afina su enfoque

También me han ayudado las pesas”, subraya. “Antes no podía aguantar el swing porque estaba un poco delgado. El beisbol ha cambiado mucho con tantos números y tanta tecnología, pero eso no cambia lo esencial: igual debes ir enfocado al home y tener fe y disciplina. Yo llego al plato listo para el pitcheo que venga, de modo de hacerle swing duro y hacia adelante”. 

“Yo no busco jonrones”, avisa. “Buscarlos es un error porque ahí es cuando te metes debajo de la pelota. Solo busco darle duro con la maceta y que Dios se encargue de lo demás.

El coach paralelo de Martínez es su padre. “Todavía hoy me llama para decirme: ‘cómo vas a fallar ese pitcheo después de que te tiró uno igualito’. Mi papá y mi mamá siempre me han respaldado”, expone el outfielder.

¿Qué le faltó a Martínez para graduarse como bigleaguer? Su racionado slugging de .398 en las menores ofrece una pista. “Como él desarrolló tarde su poder, los clubes de MLB lo comparaban con otros outfielders estadounidenses o dominicanos con fuerza y consiguió mucha competencia”, considera Luis Blasini. “Habría llegado de no haber desarrollado el poder tardíamente”, coincide Yfraín Linares. “Pero perfectamente pudiera ser exitoso en el beisbol asiático”.

Alberth Martínez, la nave capitana del lineup magallanero, prefiere no pensar demasiado en eso.  “Todo se lo dejo a Dios. Él sabrá porqué no me dio la oportunidad”, dice el paleador. Luego da media vuelta y desaparece dentro de la cueva derecha del estadio Universitario de Caracas, testigo de tantos estacazos del slugger en el que, supuestamente, nunca iba a transformarse.

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Alberth Martínez se ha consolidado como una figura de la LVBP en el último lustro

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